Cenizas

Retomé el camino ya recorrido, quise volver a cerciorarme de que no dejé nada olvidado en tierra de nadie. No encontré señal alguna que cambiase mi recuerdo, pero me invadió la añoranza y, ¿por qué no?, una sensación de vacío.

 Caminé por la vereda que me llevaba a mis miedos, tropecé en la piedra de mi inocencia y me alojé de nuevo en la casa de mis fantasmas.

 Nada hallé que pudiera llevarme conmigo, salvo un trocito de experiencia.

 Una vez iniciado el viaje, te percatas de que no es necesario tanto equipaje…

Como reza la canción: “Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”.

Con la mente más despejada, retomé la salida dispuesta a aceptar que el camino que lleva al pasado no tiene ya nada que ofrecerme. No se puede ordenar lo que allí quedó en desorden, porque permanece estático, imborrable. No puede alcanzarte. ¿Para qué, pues, volver tú?

A veces, sólo a veces, cuando el presente, que es caprichoso, me pregunta si quiero volver, me tomo un minuto, dos, quizás, y vuelvo la vista atrás.  Entonces recuerdo que nada arde en tierra de cenizas.

Fui feliz, desdichada, juzgada y absuelta. Liberada, al fin y al cabo. Hoy sigo en camino, algo más relajada, a veces más torpe, a veces más diestra…, pero un poquito más sabia.

 “No. No hay motivo para volver. Éste es hoy mi camino. Sigamos por él…”

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