Fuego en el patio

        Al igual que tantísimos navegantes, suelo acercarme por las redes a diario en busca de noticias de actualidad, publicaciones relacionadas con mi trabajo o mis aficiones y, claro que sí, la dosis recomendada de entretenimiento que nos brindan. 
Recientemente y, por qué no decirlo, con la edad, he ido poniendo filtros en lo que respecta a la calidad de la información que inunda el cajón de sastre que son las redes sociales. Y con ello, inevitablemente una veces, aunque también con toda intención otras, he ido filtrando eso que se denomina «lista de seguidos/amigos». 
        A veces gusto de asomarme al patio y sentarme como mera espectadora. Otras veces incluso me tomo algo por allí e intervengo en alguna conversación que me llama especialmente la atención. 
Facebook solía ser mi patio de primera elección y confieso que sucumbí en ocasiones a la tentación de, en lugar de vivirlos en el momento, divulgar episodios puntuales de mi vida, enmarcados en fotos a tiempo real de un concierto, la antesala de un teatro o la barra de un bar. 
Hoy suelo trastear más por Twitter, que en su día consideraba un tanto aburrido y limitado, por aquello de los 140 caracteres. «Es que así apenas se puede decir algo, leche». 
        Con el tiempo y a la vez que he ido filtrando, me percaté de una diferencia entre ambos patios: mientras uno permite charlas infinitas, biografías completas y —últimamente, por desgracia— discursos incendiarios que acaban en peleas de gallos, el otro…, el otro también, a veces, pero menos. Menos, a mi entender, porque discutir por fascículos de 140 caracteres aburre infinitamente. Y el ser humano, a curiosa semejanza de los canes, olisquea, mea, se revuelca un rato y, finalmente, se aburre y pasa a otra cosa. 
Twitter invita a centrarse en el enlace, la imagen, el link. En definitiva, en la noticia. Lo cual no termina de desalentar a algunos, muy duchos en el arte del insulto exprés, que persisten en su empeño de crear polémica a base de ‘zascas’ que les colocan irremediablemente en el candelero. Todo esto, imagino, en busca de ese placer morboso (digno de estudio) que encuentran en liderar broncas y encabezar desfiles de odio, un odio que se agria de tanto tiempo contenido. 
        Creo que los filtros son indispensables. Especialmente porque una soleada tarde de primavera vas tú paseando tranquilamente por las redes, te acercas al patio, tomas asiento y, a menos que hayas salido con un buen filtro de casa, te puedes ver envuelto en una movida que ni buscabas, acabas peleado con seis vecinos, te llevas tres artículos de mediocre contenido sin contrastar y un par de ‘zascas’ de regalo. 
Si esto te ha pasado alguna vez, actualiza tus filtros. Si te pasa a menudo, háztelo mirar. 
        Huelga decir que aun saliendo bien filtrados se nos va a colar un falso gurú, el bulo de la semana o el vecino buscapleitos. A veces ocurre que se nos cuelan los tres a la vez, en media hora de navegación. «Cielo santo, qué infinitos…».
Y como todos los días no se levanta uno con las mismas ganas de fiestas, puede ocurrir que termines haciendo uso del botiquín de emergencias, que siempre debe incluir: una caja de 20 gasas de paciencia, un bote de 100 ml de diplomacia (primera presión en frío), un par de toallitas desinfectantes (especial para ‘zascas’), 50 tiritas, 10 ampollas de educación y un par de deportivas para salir corriendo. 
 
        Sé de gente que, cansada de reponer botiquín y no ganar para tiritas, ha borrado su cuenta de Facebook o Twitter, pasándose al lado oscuro de los friquis sin vida cibersocial. «Bienaventurados aquellos que no sucumban a la tentación ególatra de “comprar la verdad absoluta a precio de saldo y venderla a precio de oro”».  
 
        Hay días en los que te asomas al patio y ya de lejos huele a humo. Sabes que en menos de veinte minutos alguien va a salir ardiendo. Antes solía tener siempre varios extintores para ir repartiendo en caso necesario.  Hoy pienso que esto es, cuando menos, poco práctico. Porque ir cargando con tanto peso (más de la mitad no es tuyo) es sencillamente agotador. 
Cada cual debería —qué menos— llevar su propio extintor. Además, hay muchas formas de evitar catástrofes vecinales. 
La primera: vale más un buen correo electrónico en el que expresar desacuerdos o dudas —un café, si es posible, siempre es mejor— que una parrafada hiriente y a voz en grito. 
La segunda: saber qué se busca en el patio. No subestimemos este dicho: «Lo que busques, encontrarás.», porque es una verdad como la copa de un pino. Ah, y si buscas melodrama y morbo, en vez de un extintor, llévate dos. 
Y la tercera: dudar, ser escéptico, no comprar con los ojos de la emoción. Afortunadamente, la emoción nos hace únicos y nos diferencia de las máquinas (que proliferan a nuestro alrededor como las setas, oiga), pero a veces nos mete de cabeza en jardines peligrosos de los que nos cuesta salir indemnes. 
        Por lo que a mí respecta, sigo con mis paseos por el ciberespacio, asomándome a los patios y compartiendo ratos con colegas, amigos y excelentes comunicadores, conocidos y desconocidos, porque me gusta, me entretiene y me aporta cultura, que haberla la hay, y mucha. Tan solo cuido de actualizar a menudo mi armario, repleto de libros leídos y por leer, artículos de los que dudar y links que visitar, un par de extintores, un botiquín nuevecito y mejor dos pares de deportivas, por lo que pueda pasar.
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