Historia de un túnel

30 de enero de 2013. Una fecha, un momento marcado en mi línea del tiempo, una señal desde la que poder partir.

Creí que podría volver antes. Pero me perdí. Puede que errase el camino, puede que errase al calibrar el alcance del cambio. Tal vez. Pero el caso es que entré y poco a poco, se fue llenando de oscuridad. A cada paso, iba perdiendo de vista la luz de la entrada. Cuando quise darme cuenta, la luz era un punto en la lejanía. Intenté volver atrás, pero ya no podía. Y es que por alguna razón desconocida y que, en ocasiones se me antoja sumamente trascendental, incluso metafísica, cuando te adentras en un túnel, no debe ser para volver atrás, sino para cruzarlo hacia delante. Hay veces que puedes echar la vista atrás, coger impulso y volver al principio. Si lo haces, tarde o temprano volverás a entrar. Otras veces, sencillamente no puedes volver atrás.

Hay túneles más largos, más cortos, más oscuros y más angostos. Y siempre hay un punto de mayor oscuridad, un punto en el que inevitablemente vuelves la espalda contra la fría pared, para dejarte caer, llorar, desesperar…,  y esperar. Pueden pasar minutos, horas, incluso días, hasta volverse a levantar. La desorientación externa o interna hace que camines, unas veces hacia delante, otras hacia atrás. Hasta que pierdes la noción del tiempo, o bien se te hace tan presente que empiezas a pensar que no saldrás.

Pero no es todo oscuridad. Ni aún en ese “medio mitad”, en el que, mires donde mires, no consigues ver la luz. No hay luz, cierto, pero sí reflejos. Los reflejos no pueden pasarnos desapercibidos. Te cuesta verlos, al principio,  unos días los ves, otros no. Los reflejos esperan que tú les veas, y te acerques a ellos. Si te quedas en el túnel, ellos no podrán acercarse a ti. Tienes que andar, verlos, acercarte y escuchar. A una distancia a la que puedas tocarlos. Verás que realmente son luces. Aquello que ves en la oscuridad es siempre iluminado por una luz. De lo contrario, jamás podríamos verlo. Y eso demuestra, simple y llanamente, que en algún lugar, hay una luz.

Yo consigo verlos, a veces. Y me dicen que siga caminando. Debo confiar en ellos. A veces no confío, ni en ellos, ni en mí, porque camino tanto, que se hace sumamente largo, infinito. Y me agoto. Y dudo de sus palabras. Y de nuevo, de espaldas a la pared. me dejo caer. Y lloro. Porque llorar alivia el peso de la mochila que va a la espalda. Y es que nunca se entra liviano en un túnel, sino cargado con mochila. Una mochila que a veces se siente ligera, pero otras veces aplasta.

Hasta ahora me dejo caer y vuelvo a levantarme. Una y otra vez. Cuando me asalta la duda, busco un reflejo, alguien que sé que me comprende y me anima a seguir. Y sigo. La mochila pesa tanto…, que duele. “¿Quedará menos ya de lo que llevo andado?”. Los reflejos no saben la respuesta. Pero insisten en que cada paso adelante es uno menos para el final. Y eso suena razonable.

Los túneles tienen entrada y salida. Eso, cuanto menos, alivia, no siempre se consigue un alivio profundo, que nos abra el corazón, pero sí es una realidad, que no se puede negar.

30 de enero de 2013. Sigo dentro del túnel. Sigo buscando la luz.

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