Números primos

En mis tiempos escolares ciertas enseñanzas no tuvieron cabida en los libros. Nunca se desdibujaron lentamente en la pizarra a golpe de tiza y polvo, al final del día, ni figuraron en los temarios. Jamás fueron para examen.

Materias de rasgo humano, códigos secretos, inviolables, de conducta voluble, a tan tempranas edades; directrices aprendidas, a veces tan solo insinuadas, en un patio de colegio.

Y es que no solo era menester aprobar con nota. Era de suma importancia “ser aprobado». Acogido, aceptado, integrado en la Red social infantil-adolescente; la que había ya entonces y parece no haberse descubierto hasta ahora. Tanto haces, tanto gustas, tanto vales. Poner a prueba tu fe, servidumbre y devoción en la Red, en el Grupo Elegido, fue una asignatura que muchos tenemos pendiente.

Hoy lo llaman Bullying, quizá porque somos europeos o quizá porque denota mayor gravedad que su sinónimo nacional, el acoso escolar. Y como suele pasar con los vicios ocultos, la sociedad despierta indignada hoy ante un problema que se gesta desde un ayer muy longevo.

Tal como yo lo veo, la educación completa de los hijos es materia humana y social a gran escala. Ni exclusiva de los docentes, ni avalada por un Estado. Y remarco completa porque no es tarea única del sistema procurar a los menores una óptima experiencia de vida, una educación basada en el respecto, la tolerancia y el aprecio por lo que les rodea. Porque no es misión del educador externo profundizar en la importancia de que los hijos aprendan a escuchar, a comprender, a no excluir, a no levantar barreras que con el tiempo serán incapaces de destruir.

Tal vez algunos piensen que hablo con la ingenua y arrogante valentía de quien no tiene hijos. Porque, en efecto, hoy por hoy no tengo hijos. Me decanté en su momento, sin descartar esta opción, por otros caminos. ¿Cómo, pues, oso atreverme a aleccionar sobre educación parental?

Cierto. No soy madre. Tan solo fui una niña. Una de ellos. Fui miembro sin voz ni voto de ese pequeño y desvalido margen que dejan las barreras creadas por el Grupo Elegido, el de los buenos, el de los guapos, el de los populares. El estrecho margen en el que sobreviven los números primos.

Pertenecí a esa minoría encabezada por cualquiera de estos clásicos: el gafotas, el gordo, la empollona, el raro, el tartaja, la bizca y el cojo, entre otros… Recuerdo que solía sacar buenas notas; la hija del profe, la sabionda y siempre foránea… En definitiva, una no buena. Llevaba un alza en el zapato derecho para compensar una escoliosis, lo que resultaba en una muy poco elegante diferencia de altura entre el tacón derecho y el izquierdo. Qué torpeza la mía, pequeña ilusa, llegar a pensar que nadie se fijaría en mis, para mayor colmo, atípicos Merceditas.

«En salir me esperas», me decían. Y la última clase se hacía tan corta… Y yo salía y les esperaba. Sencillamente porque no podía hacer otra cosa. Tenía que esperar a que mi padre acabase de dar su clase y saliera, una media hora más tarde que yo, para irme con él a casa en coche. Tampoco me atrevía a pensar qué ocurriría al día siguiente de no cumplir esa orden. De modo que al salir de clase me quedaba quieta, apoyada contra la pared trasera del edificio, a esperar que llegase mi inevitable juicio.

Y los Elegidos buscaban mi pared y se acercaban hasta llegar a medio metro de mí, para mofarse de cualquier cosa relacionada con mi persona, sin importar qué.

Cuando se iban, me sentaba a esperar a mi padre y juntos nos íbamos a casa. Nunca le conté nada.

Con el tiempo se convirtió en una rutina. Un día tras otro.

La soledad.

No tengo hijos. Tengo una madre. Una madre a la que recuerdo haber visto llorar de impotencia cada noche, por no saber qué atormentaba a su hija. Porque existe un código de honor deshonroso y lapidario que impide a un niño delatar a su agresor. El Grupo Elegido no entiende de teoremas, pero sabe bien inculcar el miedo en el grupo de los no buenos.

Cuando un niño se enfrenta a ese temor, no sabe pedir ayuda. Cuando unos padres se enfrentan a ese dolor, es sumamente difícil hacer la ayuda efectiva. Con suerte llegará un momento en que la desesperación empuje al menor a contarlo todo y active las alarmas de un sistema que aún no comprende que el enemigo está en casa.

El enemigo se crea en el ámbito familiar y se alimenta de nuestras costumbres, nuestra forma de ver la vida, nuestras palabras y expresiones del día a día. Para un enemigo bien cultivado será fácil crear grupos de Elegidos o pertenecer a ellos en una sociedad que apuesta por vivir deprisa y llegar a metas ficticias centradas en la popularidad de un Like.

Fui una niña con suerte. Hoy soy el reflejo de una gran familia que apostó por mí y no dejó que me hundiese jamás.

Soy feliz. Por fortuna nunca pertenecí a un grupo de Elegidos, ni reforcé mi pasado solitario con rencores hacia quienes, supongo, hoy han optado por derruir las antiguas barreras que crearon, quizá porque hoy muchos de ellos tienen hijos a quienes no quieren ver sufrir.

No tengo nada que perdonar. Tan solo tengo un pasado que recordar y tal vez un consejo que dar de forma desinteresada, para aquel que lo quiera tomar: educad desde la perspectiva de quien sabe que todo ser puede tener algo que enseñar. Educad desde casa. Educad con vuestras palabras, con vuestra forma de sentir, de mirar, de saludar…

No soy madre. Pero si lo soy un día, destinaré todos mis esfuerzos a educar a mis hijos de forma que nunca se permitan maltratar ni marginar, que jamás formen parte de un grupo de Elegidos, Guapos y Populares que siembre el terror entre otros niños. Esa será siempre mi prioridad.

 

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