Torres

Camino entre luces y sombras, se derrumban torres a mi alrededor. Avanzo entre ellas, unas emergen, otras caen. A veces, el ruido del caos es ensordecedor. Sé que detenerme no es una opción, pero quisiera quedarme un rato más, poder despedirme, tener algo que decir.

Me doy cuenta de que hubiera estado bien pasar más tiempo ante ellas. Hubiera estado bien. Cuando ves a alguien alejarse y desaparecer al cruzar la esquina, llamarle una vez más y decirle “me acordaré de ti”. Eso hubiera estado bien.

Pasará el tiempo y volverán los claros, disfrutaremos de nuevos momentos de luz y seguiremos avanzando cada vez portando más recuerdos de las torres que construimos, que dejamos atrás, que vimos caer. Sabiendo que un día, será la nuestra la que otros se vuelvan a mirar, tan solo una vez más.

Hasta ese día, camino, unas veces llena de esperanza, otras, molesta con el que nos colocó en un perfecto estado de armonía, tan difícil de entender; unas veces, impotente, rabiosa; otras, radiante y elocuente. Hoy, cansada, distante e indiferente. Mañana, expectante, tal vez, esperando que resurja, de nuevo, la esperanza, agradecida y aferrada a lo único que nos queda cuando otros caen. Seguir adelante y añadir un nuevo apunte de enseñanza al cajón de la experiencia.

Saber que hay miles de torres ahí fuera, unas tan lejos, otras tan cerca. A diez mil metros de mí, una de ellas sonríe satisfecha, por una meta lograda y bien merecida.  Algo más lejos, otra llora amarga una pérdida. Aquella que ayer vi impasible, erguida, hermosa, orgullosa, hoy se resquebraja y sabe que caerá pronto, aunque no lo dirá.

Saber que en el mismo minuto de vida, unas ríen, se abrazan, celebran, sueñan y despiertan, mientras otras lloran, se sienten solas, agonizan o mueren dejando un hueco tan difícil de llenar… De soportar. No hay más soledad que la del duelo.

Así es este reino. Grandioso, hay quien asegura que divino, inmortal. A la vez incierto, desgarrador, sorprendente, inconstante, y quién sabe si embaucador.

Unas sonríen al ver a su pequeño jugar. Otras miran la vida a través de un cristal. Añoran los días de gloria, y dudan de si lograron ver realmente lo que tenían.

Un día, al atardecer, a la vuelta de una esquina, al final de un trayecto, llegará la marca de un final, la crónica de un desenlace anunciado, y no habrá tiempo para resolver dudas.

Tal vez no haya que hacerse preguntas, sino seguir construyendo torres, que se alcen dichosas contra los pesares y alegrías de nuestro tiempo, que sientan, comprendan y acepten que poblarán su reino hasta que, inevitablemente, un día como otro, entre claros y sombras, ante la mirada de un mundo que las recordará pero seguirá, piedra a piedra, tengan que caer.

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