Vuelo

Alza el vuelo cada noche, se desprende del báculo convencional, desarmada de pies a cabeza. Vuela. En pocos segundos cruza frontera y, cuando apenas distingue los límites del umbral de la comodidad, se deja llevar. Explora la realidad humana, más allá del dictado emocional, hasta donde la simple vista no puede llegar. Anoche prestó sus alas a un alma perdida y, pacientemente, esperó a que aprendiese a volar. Me dijo que, sin duda, merece la pena esperar. Otras veces es ella quien aprende nuevos giros, porque   -insiste-, en los confines de la verdad, el cielo está lleno de grandes maestros.  De aquí para allá, tropieza con imágenes que, inevitablemente, hacen que se vuelva a mirar. Entonces desciende lo suficiente para sentarse a observar.

Gatos sobre los tejados de una gran ciudad. Mentes insomnes, buscando la paz. Palabras escritas con la mayor sinceridad. Mentiras, sombras y puentes sin cruzar.

Pasan las horas. Me cuenta que apenas se percata, porque ya casi siempre logra traspasar lo relativo. A veces, se sienta junto a alguien, sin hablar. A veces, deja un regalo en un portal. A veces, incluso, ha llegado a besar. Se ríe cuando recuerda que los besos allí saben a mar. Porque le encanta el mar.

Me enseñó que todos sabemos volar, pero que nadie se eleva cargado de pertenencia. Cuando quise darme cuenta, ya no estaba. Me hubiera gustado saber más.

Aún hoy la recuerdo. Y algunas noches, cuando logro comprender que no hay nada que se pueda retener, que se tiene todo sin ser dueño de nada, vuelo.

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